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Terra
La Coctelera

cagusir

2 Mayo 2012

...

Renacer es la palabra en mi mente. Renacer en su piel es la imagen en mi cabeza despierta. De su vientre hacer un poema para retorcerme en él y morir en su dulce y cálida humedad.

Humedad de besos fatuos como fuegos que señalan el camino que me pierde en el medio del pasado y del futuro. Es en ese lugar, entre su cuerpo y el mío, donde habita mi alma perdida, en aquel vacío inamovible del presente inmutable.

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18 Octubre 2010

Memorias de Bogotá

Recuerdo aquellos pocos días allí, la calma pausada del caos cotidiano. Estudiando pausas heladas por el viento de la sierra que baja perfumado a los valles jóvenes de la inmensa Sabana.

La ciudad dormita sobre los antiguos templos de Chía y Zhue, y en ella, sus almas transitan por las calles pequeñas y grises. Un gris diferente al de la vieja y cansada Europa.

Es tan corto el aire en mis pulmones, es tan oscuro el claro colorido de sus ríos de gentes cuerdas ante el abandono del planeta hacia ellos. Niños es lo que veo ante mí. Niños vendiendo cigarrillos en una esquina de la once con setenta y tantos. Coordenadas perdidas de un país perdido.

Y es entonces cuando lo veo claro y descubro que mi gente vive en una especie de burbuja invisible que embota la mente. Y es entonces cuando miro las calles de juguete con sus casa de juguete y sus ciudadanos de juguete y entiendo que no imaginan lo solos que están. La angustia y la vergüenza van sobre sus hombros que esperan vehementes la compasión de quienes no quieren ver.

Y esa es mi sensación. La extrañeza de la cotidianidad de esa urbe inmensa que reposa sobre las calmadas aguas del tiempo mientras la tempestad se agita a su alrededor. Pero en su soledad jamás comprenderá lo que ocurrió.

Tags: bogota

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26 Junio 2010

Sobrevino el silencio...

Sobrevino el silencio después del ruido estridente, después de la procesión de imágenes destempladas y caóticas. Hubo vacio de sonidos justo cuando el alma revuelta se perdió en la nada. Y yo estaba allí, con las manos en los bolsillos repletos de entelequia. Como testigo insomne de incontables angustias sin sentido. Cuanto tiempo esperé allí, de pie. Junto a la imagen muda de su rostro en dos dimensiones, sin tiempo ni espacio. Solo silencio. Pero después del silencio volvió la cólera y la tristeza o lo que sea que se siente cuando la soledad atiborra el alma.

Y fui hacia el mar repleto de turistas y rostros enrojecidos sin dejar de pensar en aquel silencio y aquella tormenta. Nunca me ha gustado el verano, pensé. Es que en el verano no encajo y me siento diminuto. Hay tantos cuerpos, tanto calor, tanta belleza vana y frívola. Y aun así el vacio por fin comprendido empezó a absorber todo mi cuerpo, como si un agujero en mi pecho se tragara toda la vida y se alimentara de mis dudas, de mi flaqueza de voluntad y de mis temores de siempre, de la locura de mi alma pendiente de una sola palabra, de un solo gesto imposible.

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7 Septiembre 2009

Una Sombra en la Habitación 2da Parte

II

La mujer que cruzó por la puerta sorprendió a Mourice, no solo por la simplicidad de su atuendo o su poca estatura, sino también por la belleza de su rostro latino. En medio de su piel morena brillaban dos profundos ojos negros, que penetraban hasta en los más ocultos rincones del corazón de a quien franqueasen. Su nombre era Mercy, y tenía el firme carácter de los de su tierra; que se reflejaba en su voz y en la altanería mezclada con dulzura de sus modos. Había nacido más de medio siglo atrás en las lejanas tierras de Colombia. De pequeña aprendió la magia y la leyenda que crecen como cañas y flores a lo largo de los valles del río Magdalena. Siguió cultivando el arte de la hechicería cuando emigró con sus padres a la elevada meseta bogotana. Para muchos años después, escapar de la ruina en la que se sumía su nación a causa de la violencia, a la tranquila España, en donde residía su hijo mayor, que había alcanzado la prosperidad y la paz gracias a sus muchos esfuerzos de madre.

Una amiga común había puesto a Mourice y a Mercy en contacto. Después de consultar a infinidad de charlatanes y fascinadores que hacían desaparecer con más celeridad el dinero que el mal que padecía la pequeña Lisa, decidió dar paso a aquella mujer que se ofreció a ayudarles sin pedir nada a cambio. Mourice que jamás había visto a la colombiana sintió de inmediato una gran simpatía por ella.

Lisa se encontraba en su habitación, de donde salía solo para ir al baño. No notó la presencia de las dos mujeres que la observaban desde la puerta. La niña no estaba trastornada, era un terror invisible que habitaba en algún rincón intentando poseer su mente y se reflejaba en su mirada cristalina siempre enfocada en la nada. Hacía ya más de dos meses que se negaba a ir a clase sin que mediase explicación alguna y se sumía en intensos silencios que desaparecían con fiereza en medio de chillidos espantosos cargados de miedo. Hablaba lo indispensable, pero a su vez se negaba a estar sola y a buscar el descanso en medio de la oscuridad de la noche, por lo cual siempre conservaba la luz de la lámpara de su mesa de noche.

Mercy percibió un frío glacial al entrar en la habitación. Un frío imposible en la avanzada primavera malagueña. De repente Lisa vio a las dos mujeres de pie bajo el marco de la puerta, la mirada cargada de ira y pánico. -¡Quiero que la india se valla!- gritó colérica. Su madre se echó a llorar mientras Miguel aparecía de súbito al escuchar el chillido de su hija. Con su impecable acento madrileño gritó al vacío, ordenándole a la infeliz presencia que destruía la mente de su pequeña que se marchara. Mercy, que había conservado la calma, posó su mano sobre el hombro del angustiado padre, que sostenía a su vez a la sollozante Mourice, la cual se veía incapaz de controlar su llanto. -¡Márchense!- dijo dulcemente la colombiana observando al pobre hombre con infinita ternura. Los padres abandonaron la habitación. Mercy cerró la puerta detrás de ellos y todo fue silencio.

A principios del siglo XIX las tropas francesas invadieron España por orden de Napoleón. Muchos soldados invasores quedaron prendados por la belleza de las mujeres andaluzas, resultado de la mezcla de tres estéticas milenarias e irresistibles; extrañas para aquellos guerreros acostumbrados a la belleza mas fría de las galas. Esto dio paso a infinidad de atropellos por parte de las huestes napoleónicas que llegaron a limites tan cruentos como la violación o incluso el asesinato de sus rivales para lograr saciar sus voraz apetitos carnales. Varias mujeres andaluzas, a causa de esa misma herencia milenaria, eran doctas en las artes mágicas, algunas siniestras, prohibidas y perseguidas durante siglos por la maquinaria eficaz de la inquisición. Conocían un sinnúmero de rituales macabros y hechizos tenebrosos que no dudaron en emplear planeando la venganza que algún día habría de cumplirse compensando sus agravios incluso más allá de la muerte. Esos espíritus corruptos y cargados de ira permanecen inamovibles, vagando entre las poblaciones de las coloridas tierras del sur español, esperando la ocasión para ser libres de nuevo y volver a la vida para llevar a cabo sus oscuros propósitos.

Pasaron unos minutos que dieron paso a gritos espantosos de dolor y agonía, y a sortilegios impronunciables en lenguas perdidas de la antigua América, seguidos de más lamentos desgarradores y terribles cargados de amenazas mortales e improperios peyorativos impensables en una niña de trece años.

Un poco después de la media noche las blasfemias cesaron. Mourice y Miguel se acercaron a la puerta de la habitación de su hija con el corazón en la mano. La puerta se abrió y ante ellos apareció una Mercy pálida, con los ojos hundidos, pero con una sonrisa de optimismo que iluminó los corazones de los dos padres. Les anunció que todo había terminado. Observaron a la infanta que dormía con placidez. Después de unos minutos de eterno agradecimiento despidieron a la colombiana y se dirigieron con sigilo a la habitación de su hija. Ella estaba sentada como esperándolos, extenuada y blanca como el mármol, pero con una gran sonrisa. Ellos la observaron sin saber que decir. La niña tenía un extraño brillo en los ojos. Guardaron un silencio que finalmente rompió la pequeña. -Estoy bien- dijo en el idioma de cada uno de ellos, prueba inequívoca de un bilingüismo nato. Ellos sonrieron sin darse cuenta que aquella ya no era Lisa.

FIN.

Tags: cuentos

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13 Enero 2009

Una Sombra en la Habitación 1ra Parte

Un grito desgarrador surcó perturbando las tinieblas de la noche. Mourice despertó sobresaltada al escucharlo; con el robusto pellejo lívido por el lamento nocturno de aquel pequeño ser que ocupaba todos sus pensamientos apesadumbrados.

Se levantó de la cama y con rapidez cruzó el pasillo que separaba su dormitorio del de la pequeña Lisa. La encontró sentada en el lecho, el dulce rostro pálido a la luz de la lámpara que la niña mantenía encendida toda la noche gracias a un súbito temor a la oscuridad que adquirió de repente, poco tiempo antes de empezar a faltar a la escuela.

Mourice se sentó junto a su hija ahogando el llanto de madre que sentía germinar en su garganta, -¿estás bien?- preguntó en su perfecto dialecto escocés; la niña hizo un gesto con la cabeza para indicarle que sí, luego se reclinó y se envolvió en las mantas. Su apresurada respiración fue reduciéndose a un pequeño silbido relajado y rítmico. Mourice acariciaba sus largos y sedosos cabellos castaños pensando -¿qué había ocurrido?-. Una lágrima se derramó de sus verdes ojos enrojecidos por la rabia de ver a su antes alegre hija, convertirse en la taciturna personita que había dejado de reír para sumergirse en vacíos incomprensibles de pensamiento. Su marido la observaba desde la puerta de la habitación, ella lo vio, con languidez se levantó del lecho y fue hacia él. Se fundieron en un dulce abrazo de apoyo mutuo.

La memoria de Mourice retrocedió hasta aquel día en que, perturbados por los gritos nocturnos de terror, ella y su esposo Miguel aparecieron de repente en las aulas de la escuela privada de Santa María de los Ángeles, en la ciudad portuaria de Málaga, en el extremo sur de la península ibérica. Su hija Lisa, de tan solo trece años de edad, había dejado de asistir a clase de improviso y sin ningún motivo. Sus padres pensaron que aquel se encontraba sin duda, en algún rincón de aquellas aulas. Mourice recordó con desagrado el rostro moreno del director que le hablaba con la alegre pero incorrecta labia de los arrabales malagueños, que delataba su origen humilde; y las palabras de negligencia que le presentó mientras su marido montaba en cólera ante aquella impertinencia sumada al despecho de la impotencia. Abandonaron la oficina, furiosos, para encontrarse justo en la puerta con la delicada figura de Fátima, una condiscípula de Lisa que los observaba con ansiedad detrás de sus enormes ojos negros. -¿Cómo está Lisa?- preguntó a la desconcertada pareja. Mourice no pudo soportar más y sujetando a la adolescente de los brazos le suplicó ayuda interrogándola. La pequeña, asustada, se quedó inmóvil mientras Miguel intentaba calmar a su mujer. Al final logró arrastrarla a casa disculpándose una y otra vez con Fátima.

Mourice divagaba en aquel triste recuerdo cuando su marido le suplicó que volviese con él a la cama. Dieron una última mirada a la niña que dormía intranquila y volvieron a su habitación.

En la tarde siguiente, Mourice volvía de su trabajo en la cercana población de Torremolinos, en una importante industria hotelera; cuando recibió una llamada en su teléfono móvil. Sorprendida dio media vuelta en el Paseo del Parque, subió hasta el monumento moro de la Alcazaba y dejando el vehículo en el primer espacio que encontró, continuó a pie hasta la calle Cister. A la altura de los jardines circundantes de la catedral encontró a Fátima de pie junto a uno de los innumerables naranjos. Vestía el uniforme de la escuela y jugaba nerviosa con un encendedor de plástico, el cual guardó con premura al ver la mediana silueta de Mourice. La angustiada madre la observó suplicante, -¡cuéntamelo todo!- dijo al fin plantándose frente a la niña. Fátima entonces estalló en un llanto largamente contenido y comenzó a contar la historia que celosamente había guardado. Mourice recordó entonces su propia infancia en Glasgow, cuando ella, una inocente, rubia y crédula jovencita, encendió su primer cigarrillo por temor a parecer menos valiente que las demás. Y víctima de la atropellada curiosidad infantil, jugó aquel misterioso juego de invocaciones, en el que se sentaron ella y sus amigas alrededor de una tabla cargada de caracteres extraños, invitando a alguna ánima vagabunda a presentarse ante ellas. Al final resultó siendo un fraude; a la larga más divertido que peligroso. Al principio le asaltó una cierta incredulidad ante las palabras de Fátima, pero al final no le quedó ningún atisbo de duda cuando en su memoria se plantó la imagen de Lisa, días atrás, gritando al vacío, cubriéndose la mirada. Fátima hablaba de espectros de muerte y sangre y violencia; como testigo de un relato de otra época. Un tiempo de desorden y confusión. Mourice escuchaba atenta como la tragedia, inexorable, avanzaba sobre su casa.

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29 Agosto 2008

La Rosa y La Serpiente

Cerca de las sombras quise hacer algo bello de mi ser, pero me fue imposible.Lo que he sido es viento. Con esta tenue oscuridad sobre la poca humanidad que existe en mi cuerpo se cobija la triste sombra de la noche.

Y es una sola la vida, quimera infinita del silencio. Esta soledad y este miedo entregan mis deseos al abismo. Y una serpiente, que en su quijada lleva una rosa blanca, me habla y me excita con aquella, su voz que me envuelve. Mis pasiones y sueños se van en ella, se van volando inexorablemente hacia la oscuridad.

Entonces la serpiente y yo nos hemos quedado solos, yo tomo la rosa blanca y del tallo la aprieto fuerte mientras mis manos tiñen de sangre que escurre sus claros pétalos y un leve gemido es expulsado de mi garganta y una lágrima timida se precipita sobre mis mejillas.

Aquella serpiente entonces dejó de hablar y poco a poco se fue enroscando y encogiendo sobre sí misma hasta desaparecer con un horripilante estruendo, un sonido sucio, un acorde destruido y ¡ahí!, porque fue ahí en ese mismo momento, en ese instante unico; cuando yo ví, ¡pobre de mí!, mi propio reflejo.

Tags: cuento

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17 Abril 2008

El Cuadro (1ra Parte)

I

La primavera llegaba con su manto de flores y sonidos casi silvestres en medio del jardín de su casa. Le había encontrado en medio de mi constante ir y venir entre bares y cafés y él me invitó a tomar el almuerzo allí, en su morada. Les hablo de un viejo amigo mío. Un hombre alto y delgado, con el rostro cansado de tanto trabajar. Amante de la buena mesa también, y por supuesto del buen vino.

El sol brillaba en el cielo con fuerza, pero sin llegar a ser molesto. Sobre todo a esa hora en la que el día parece eterno, como si las tinieblas jamás fuesen a regresar y cubrir con su oscuridad la tierra. Un ligero aroma a azahar perfumaba las paredes de aquel pequeño jardín. Sobre la mesa. Una barra de pan, algo de buen queso italiano, un poco más de buen queso manchego, una botella de vino tinto, otra de agua y una modesta ensalada que sería el plato fuerte de aquella ingesta. Aderezada con aceite, limón, sal, pimienta y el perfume de la primavera. Como era de esperarse, algunos molestos insectos aparecían de repente para completar y perfeccionar aquella especie de comida campestre.

Después de despachar, a ritmo famélico, la comida. Y de haber apurado un par de vasos de vino; el espíritu está listo para la conversación. Mi amigo me hablaba de un asunto familiar que agriaba su buen carácter desde hacía ya varios meses. Todo relacionado con una herencia que se encontraba en disputa y lo poco que la justicia le había sonreído en aquel turbio asunto. Al parecer la historia había dado un pequeño giro, pues mi amigo había conocido, durante una pequeña ausencia que tuve debida a cierto accidente. A un señor extranjero que se dedicaba al comercio del arte. Entrenado hasta la saciedad en reconocer objetos subvalorados por sus legítimos propietarios pero de valores exorbitantes dentro de los mercados internacionales. Se hicieron buenos amigos en poco tiempo, quizá por el interés que mi amigo siente hacía ambos mundos, el del arte y el que es en verdad su pasión. Los negocios.


Existe, colgado en la pared de la propiedad en disputa. Un cuadro. En él aparecen varios navíos en combate. Representa la batalla de Trafalgar. El desastre franco-español en el que perdieron la vida cerca de tres mil personas, entre marineros y oficiales. Una famosa victoria británica a cargo del legendario almirante Horatio Nelson. Victoria que fue su última gran hazaña, ya que murió alcanzado por el disparo de un tirador francés en su nave insignia el HMS Victory. Y es justo la imagen de esta embarcación la que aparece en la pintura como figura central. Mi amigo llevó al marchante de arte hasta su antigua casa. Era obvio que las cerraduras habían sido cambiadas, así que se asomaron por la ventana. Pero justo en el lugar de donde solía colgar el mencionado cuadro, estaba la imagen de un río, en él, embarcaciones pequeñas de pesca navegaban con tranquilidad, amparadas por el monte que hacía de fondo, bajo un cielo de tonos suaves. Los árboles dejaban pasar la luz entre sus ramas al compás del viento iluminando la pradera y el valle. Mi amigo se cagó en algo o quizá en todo en aquel momento. El cuadro que buscaba y que pensaba que podía valer una fortuna no estaba. Pero el marchante se quedó pensativo, observando aquella imagen en silencio durante unos minutos.

Henri LeBasque, discípulo de Bonnat y miembro prominente de lo que los estudiosos del arte denominan Escuela Impresionista, murió un aciago día del año 1937, dejando tras de si, un amplio legado de gran maestría pictórica. Apartándose del puntillismo, logró plasmar en su trabajo la perfecta comunión entre la naturaleza y lo vivo. Sus escenarios cobran vida mientras la gente, su trabajo, las obras del hombre son otro elemento más de esa misma naturaleza de la que forman parte, de esa vida; al igual que forman parte de Île-de-France, de su río Marne y su Montévrain. Así que aquel tranquilo cuadro, que mi amigo había detestado desde siempre y que ahora colgaba en la pared en lugar de aquel otro de hombres destrozándose mutuamente, había sido pintado por el famoso LeBasque.

Tags: cuadro

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8 Abril 2007

Cuento Epistolar. 2da Parte

Al final levanté la cabeza. Pues el silencio invadía cada rincón de mi mente hiriendo la musicalidad de tu respiración. Me mirabas con pena, con remordimiento quiza. La sensación estaba fija en mi cerebro. El tacto, el hormigueo al rededor de mi rostro y mi estomago. El amor entrando como un torrente de agua entre mis huesos. El momento en que decidí dejar de pensar para solo sentir. Tu cabeza en mi hombro en el metro. Cuanta paz... Cuanta calidez.

-Forjé una existencia basada en un sentimiento. Dejé que aquella sensación fuese la única fuerza que alimentase mi ser. Y pude vivir de ello, pero fue un error.

-Si tu quieres creér eso- respondiste con desdén, pues mis palabras atravezaron como una daga helada tu pecho. En ese momento te parecías tanto a tí que dudé por un segundo. Pues ya empezaba a caer en la cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo. El torrente de luz plateada se interrumpió por un instante, con seguridad debido al paso fugaz de alguna nube. Cuando estalló de nuevo a través de mi ventana se clavó en tus ojos. Se tornaron grises. Como cuando la lluvia recorría las calles y tu mirada se perdía en miles de pensamientos inconexos, en lugares inexplorados que solo tu podías percibir. Espacios pequeños, existentes entre la brecha de la realidad tangible y los limites de la imaginación. Dejé escapar una ligera sonrisa. Ese gesto tuyo siempre me fascinó.

-Eres un tonto- dijiste al fin. -Para mí no fue un error. Lo que pasó simplemente pasó, sin culpa. Ese sentimiento simplemente se terminó.

-Yo continuo sintiendo. Dime por que no puedo dejar de hacerlo. El sentimiento habita en mi corazón y es tan grande que trata de escapar del pequeño rincón en el que lo sepulté por miedo al dolor. Y allí es prisionero y estalla de cólera porque quiere libertad. Al igual que yo. Siempre fuiste mi libertad. Las ganas de soñar. La capacidad de volar y mantenerme en el aire a pesar de que todo se opusiese. De que existiese una distancia enorme, un oceano entero entre mi hogar y mi oportunidad de ser libre.

-Yo tambien renuncié a todo...

-¡No renunciaste a nada! No te pedí que lo hicieses. No quise que pasara.

-Pero lo hice. Para mi tambien era un sueño. ¡Tu tambien me fallaste a mí!- tu rostro reflejó el sufruimiento que quiza yo esperaba que sintieses.

-No- dije después de un breve silencio. -No se trata de tí. Es por eso que estas aquí. No eres una antítesis de mi planteamiento. Ni mi enemiga, ni mucho menos. Eres sencillamente un desdoblamiento de mi ser- . Sobre tu cara se cruzó una sombra y tu cabello empezó a oscurecer por momentos.

-No puedo darte respuestas chiquito.- dijiste con una sonrisa, llamandome de la manera en que solías hacerlo.

-Ya- dije con ironía, burlandome de mi mismo. -No puedes darme sus respuestas. Solo puedes darme las mías pues son las únicas que conoces. Aunque yo mismo las ignore por completo. ¿Verdad?

-Ya no necesitas respuestas. El conflicto ha terminado. El amor esta ahí- dijo el espectro que se parecía tanto a ti, -incluso en ella. Eso no lo sabes. Pero no es tu problema, ni tu causa. Es la suya, es su conflicto. No te concierne el buscar respuestas por ella ni para ella. Es el momento de que pierdas el miedo a volar de nuevo-. Aquella fantasía se acercó a mí, acarició mi rostro con ternura.

-Como quisiera besar sus labios una vez más- dije.

-Lo sé- desapareció con una sonrisa al levantar mi rostro con las manos, poniendose de pie. Justo como tú solías hacerlo.

El vaso de vino sobre la mesa completamente lleno probaba la inexistencia de aquel ser. Sonreí para mis adentros pensando que estaba completamente desquisiado. Pero algo cambio en mí en ese momento. Ya no hay más conflicto, aunque a veces la melancolía alimente mi ansiedad. Me dí cuenta de que sigo amando, y eso estará ahi quiza por siempre. Pero la vida continua, a pesar de que los sueños se rompan. Espero amada mía que tus fantasmas no te aterroricen en las noches frias.

El amor existe aunque la amada sea inventada y venga a visitarme en sueños. En ocasiones cuando no puedo dormir, tu recuerdo viene a verme y me consuela. Incluso alguna vez ha llegado a amarme.

Con amor,

el amante.

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