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La Coctelera

Categoría: Cuento Epístolar

8 Abril 2007

Al final levanté la cabeza. Pues el silencio invadía cada rincón de mi mente hiriendo la musicalidad de tu respiración. Me mirabas con pena, con remordimiento quiza. La sensación estaba fija en mi cerebro. El tacto, el hormigueo al rededor de mi rostro y mi estomago. El amor entrando como un torrente de agua entre mis huesos. El momento en que decidí dejar de pensar para solo sentir. Tu cabeza en mi hombro en el metro. Cuanta paz... Cuanta calidez.

-Forjé una existencia basada en un sentimiento. Dejé que aquella sensación fuese la única fuerza que alimentase mi ser. Y pude vivir de ello, pero fue un error.

-Si tu quieres creér eso- respondiste con desdén, pues mis palabras atravezaron como una daga helada tu pecho. En ese momento te parecías tanto a tí que dudé por un segundo. Pues ya empezaba a caer en la cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo. El torrente de luz plateada se interrumpió por un instante, con seguridad debido al paso fugaz de alguna nube. Cuando estalló de nuevo a través de mi ventana se clavó en tus ojos. Se tornaron grises. Como cuando la lluvia recorría las calles y tu mirada se perdía en miles de pensamientos inconexos, en lugares inexplorados que solo tu podías percibir. Espacios pequeños, existentes entre la brecha de la realidad tangible y los limites de la imaginación. Dejé escapar una ligera sonrisa. Ese gesto tuyo siempre me fascinó.

-Eres un tonto- dijiste al fin. -Para mí no fue un error. Lo que pasó simplemente pasó, sin culpa. Ese sentimiento simplemente se terminó.

-Yo continuo sintiendo. Dime por que no puedo dejar de hacerlo. El sentimiento habita en mi corazón y es tan grande que trata de escapar del pequeño rincón en el que lo sepulté por miedo al dolor. Y allí es prisionero y estalla de cólera porque quiere libertad. Al igual que yo. Siempre fuiste mi libertad. Las ganas de soñar. La capacidad de volar y mantenerme en el aire a pesar de que todo se opusiese. De que existiese una distancia enorme, un oceano entero entre mi hogar y mi oportunidad de ser libre.

-Yo tambien renuncié a todo...

-¡No renunciaste a nada! No te pedí que lo hicieses. No quise que pasara.

-Pero lo hice. Para mi tambien era un sueño. ¡Tu tambien me fallaste a mí!- tu rostro reflejó el sufruimiento que quiza yo esperaba que sintieses.

-No- dije después de un breve silencio. -No se trata de tí. Es por eso que estas aquí. No eres una antítesis de mi planteamiento. Ni mi enemiga, ni mucho menos. Eres sencillamente un desdoblamiento de mi ser- . Sobre tu cara se cruzó una sombra y tu cabello empezó a oscurecer por momentos.

-No puedo darte respuestas chiquito.- dijiste con una sonrisa, llamandome de la manera en que solías hacerlo.

-Ya- dije con ironía, burlandome de mi mismo. -No puedes darme sus respuestas. Solo puedes darme las mías pues son las únicas que conoces. Aunque yo mismo las ignore por completo. ¿Verdad?

-Ya no necesitas respuestas. El conflicto ha terminado. El amor esta ahí- dijo el espectro que se parecía tanto a ti, -incluso en ella. Eso no lo sabes. Pero no es tu problema, ni tu causa. Es la suya, es su conflicto. No te concierne el buscar respuestas por ella ni para ella. Es el momento de que pierdas el miedo a volar de nuevo-. Aquella fantasía se acercó a mí, acarició mi rostro con ternura.

-Como quisiera besar sus labios una vez más- dije.

-Lo sé- desapareció con una sonrisa al levantar mi rostro con las manos, poniendose de pie. Justo como tú solías hacerlo.

El vaso de vino sobre la mesa completamente lleno probaba la inexistencia de aquel ser. Sonreí para mis adentros pensando que estaba completamente desquisiado. Pero algo cambio en mí en ese momento. Ya no hay más conflicto, aunque a veces la melancolía alimente mi ansiedad. Me dí cuenta de que sigo amando, y eso estará ahi quiza por siempre. Pero la vida continua, a pesar de que los sueños se rompan. Espero amada mía que tus fantasmas no te aterroricen en las noches frias.

El amor existe aunque la amada sea inventada y venga a visitarme en sueños. En ocasiones cuando no puedo dormir, tu recuerdo viene a verme y me consuela. Incluso alguna vez ha llegado a amarme.

Con amor,

el amante.

23 Febrero 2007

Cuento Epistolar

Por Carlos Andrés Campuzano Cárdenas

“Todo amor es fantasía;

Él inventa el año, el día,

la hora y su melodía;

inventa el amante y, más,

la amada. No prueba nada,

contra el amor, que la amada

no haya existido jamás”

Antonio Machado.

Amada, amadísima mía,

La otra noche, mientras intentaba conciliar el sueño. Un aterrador silencio invadió con impunidad mi morada. Me retorcía entre mis sábanas tratando de alejar los aterradores pensamientos que me mantenían despierto. De repente un frío sepulcral recorrió toda mi humanidad y el sonido lejano de pasos livianos sobre la fría roca de la calle estremeció la poca claridad mental que aun conservaba. Mantuve silencio mientras aquel andar se aproximaba. En unos pocos minutos estaban en mi casa. ¿Cómo cruzaron la puerta?, es un misterio para mí. Sentía miedo, pues pensé que la muerte por fin me había encontrado y que llegaba mi hora. Los pasos se detuvieron. Asomé la mirada por entre la barandilla con temor y abajo se encontraba la delgada silueta de una mujer. Llevaba una capa con capucha de algún color que en la oscuridad no logré distinguir y que la cubría por completo. Aunque debajo de ella se percibía a intervalos el destello de un traje de color blanco inmaculado. Es la muerte, pensé ipso facto. Ella me llamó por mi nombre, aunque aquella voz no provenía de ella misma sino de alguna parte en el interior de mi cabeza. No respondí, pues no quería responder a su llamado, aunque su tono me pareció cálido y familiar. “No tengas miedo” dijo a continuación y de repente no tuve miedo. Asomé mi cabeza de nuevo y con un gesto me invitó a descender las escaleras. Me levanté de mi lecho tiritando de frío, pues la helada había entrado junto a ella. Bajé al salón y la pude ver. Era una mujer joven, de belleza modesta. Sus ojos eran verdes, al igual que los tuyos, con las pestañas largas y el cabello rizado que escapaba por debajo de la capa que le cubría la cabeza como un sutil manantial entre dorado y cobrizo. Su nariz era recta y sus labios enmarcaban una pequeña boca demasiado sensual. Su piel era blanca, demasiado blanca.

-¿Qué haces aquí?- dije al saber de quien se trataba.

-Tú has deseado verme con todo tu corazón- dijiste. –He venido porque me lo has pedido.

-¡Pero si yo no quiero verte!- exclamé.

-Sabes muy bien que en el fondo de tu alma esa afirmación es mentira. Estoy aquí porque tú me has llamado.

En ese momento quise abrazarte, pero un súbito temor me lo impidió. En lugar de eso, fui a la cocina y con la mayor diligencia, pues temía que al volver ya no estuvieses allí, tomé una botella de vino y dos vasos. El brillo del plenilunio entraba como un caudal de plata por las ventanas, así que no encendí las luces. No quería que aquella mágica atmósfera desapareciese. Destapé la botella y serví el líquido violeta. Nos sentamos mientras te descubrías la cabeza, estabas radiante, pero había algo en ti que no lograba reconocer.

-Dime, ¿qué quieres de mí?- pregunté fascinado.

-Esa es la misma pregunta que yo te hago a ti, lindo- dijiste después de dar un delicado sorbo de vino.

-Creo que me gustaría charlar contigo como hacíamos antaño, cuando a pesar de todo éramos uno, y no este vacío de vida sin vida, de muerte y frío. De soledad y desolación.

-Ya no hay de que hablar- tu rostro reflejo el dolor de una vieja herida que de repente empezaba a sangrar. –Ya todo está dicho.

-Me siento solo.

-Siempre hemos estado solos.

-No siempre. Una vez caminábamos por Madrid, el día fue largo, como suelen serlo en medio del verano, y llegamos a un parque enorme, estaba cerca del Palacio Real y la Almudena, a escasa distancia también del puente de Segovia. Yo estaba muy cansado y me recosté en tus piernas. Tu mano se posó entonces sobre mi cabeza y por primera vez en mi vida sentí como el amor recorría mi cuerpo entero. Tus dedos atravesaban mi cabello y lo recorrían. Percibía el delicado tacto de tu piel sobre mi rostro. Había tanta paz en mi corazón que en ese instante me quedé dormido. Tú no te moviste durante todo mi sueño, aunque oscurecía y debíamos marcharnos. En ese momento fui feliz.- El fragor del recuerdo brillo en tus ojos, pero enseguida desapareció y me miraste con ternura.

-Deja de vivir en el pasado- dijiste al cabo de unos segundos. –Eso ya fue, al igual que todo lo que fuimos tú y yo-. Tenías razón....

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