I

La primavera llegaba con su manto de flores y sonidos casi silvestres en medio del jardín de su casa. Le había encontrado en medio de mi constante ir y venir entre bares y cafés y él me invitó a tomar el almuerzo allí, en su morada. Les hablo de un viejo amigo mío. Un hombre alto y delgado, con el rostro cansado de tanto trabajar. Amante de la buena mesa también, y por supuesto del buen vino.

El sol brillaba en el cielo con fuerza, pero sin llegar a ser molesto. Sobre todo a esa hora en la que el día parece eterno, como si las tinieblas jamás fuesen a regresar y cubrir con su oscuridad la tierra. Un ligero aroma a azahar perfumaba las paredes de aquel pequeño jardín. Sobre la mesa. Una barra de pan, algo de buen queso italiano, un poco más de buen queso manchego, una botella de vino tinto, otra de agua y una modesta ensalada que sería el plato fuerte de aquella ingesta. Aderezada con aceite, limón, sal, pimienta y el perfume de la primavera. Como era de esperarse, algunos molestos insectos aparecían de repente para completar y perfeccionar aquella especie de comida campestre.

Después de despachar, a ritmo famélico, la comida. Y de haber apurado un par de vasos de vino; el espíritu está listo para la conversación. Mi amigo me hablaba de un asunto familiar que agriaba su buen carácter desde hacía ya varios meses. Todo relacionado con una herencia que se encontraba en disputa y lo poco que la justicia le había sonreído en aquel turbio asunto. Al parecer la historia había dado un pequeño giro, pues mi amigo había conocido, durante una pequeña ausencia que tuve debida a cierto accidente. A un señor extranjero que se dedicaba al comercio del arte. Entrenado hasta la saciedad en reconocer objetos subvalorados por sus legítimos propietarios pero de valores exorbitantes dentro de los mercados internacionales. Se hicieron buenos amigos en poco tiempo, quizá por el interés que mi amigo siente hacía ambos mundos, el del arte y el que es en verdad su pasión. Los negocios.


Existe, colgado en la pared de la propiedad en disputa. Un cuadro. En él aparecen varios navíos en combate. Representa la batalla de Trafalgar. El desastre franco-español en el que perdieron la vida cerca de tres mil personas, entre marineros y oficiales. Una famosa victoria británica a cargo del legendario almirante Horatio Nelson. Victoria que fue su última gran hazaña, ya que murió alcanzado por el disparo de un tirador francés en su nave insignia el HMS Victory. Y es justo la imagen de esta embarcación la que aparece en la pintura como figura central. Mi amigo llevó al marchante de arte hasta su antigua casa. Era obvio que las cerraduras habían sido cambiadas, así que se asomaron por la ventana. Pero justo en el lugar de donde solía colgar el mencionado cuadro, estaba la imagen de un río, en él, embarcaciones pequeñas de pesca navegaban con tranquilidad, amparadas por el monte que hacía de fondo, bajo un cielo de tonos suaves. Los árboles dejaban pasar la luz entre sus ramas al compás del viento iluminando la pradera y el valle. Mi amigo se cagó en algo o quizá en todo en aquel momento. El cuadro que buscaba y que pensaba que podía valer una fortuna no estaba. Pero el marchante se quedó pensativo, observando aquella imagen en silencio durante unos minutos.

Henri LeBasque, discípulo de Bonnat y miembro prominente de lo que los estudiosos del arte denominan Escuela Impresionista, murió un aciago día del año 1937, dejando tras de si, un amplio legado de gran maestría pictórica. Apartándose del puntillismo, logró plasmar en su trabajo la perfecta comunión entre la naturaleza y lo vivo. Sus escenarios cobran vida mientras la gente, su trabajo, las obras del hombre son otro elemento más de esa misma naturaleza de la que forman parte, de esa vida; al igual que forman parte de Île-de-France, de su río Marne y su Montévrain. Así que aquel tranquilo cuadro, que mi amigo había detestado desde siempre y que ahora colgaba en la pared en lugar de aquel otro de hombres destrozándose mutuamente, había sido pintado por el famoso LeBasque.