Desde este universo de cuerpos desnudos,
de exhalaciones sensuales, eróticas;
veo tus fotos del pasado.

Como quisiera que aquellos muslos
que se me ofrecen abiertamente
fuesen los tuyos,
que esos labios que beso sin besar,
fuesen los tuyos que una y mil
veces me vieron nacer y morir.

Las calles de Nueva York enmarcan
tu antiguo retrato,
diosa urbana de belleza perdida.
¿Dónde estás? Ya no existes,
has muerto y cuanto te echo de menos.

Desde Wilmington a Washington
eras el sueño mejor,
la melodía angelical del tiempo venidero,
de la dicha futura
y el porvenir de ensueño.

Que broma macabra
que ya no existas,
ahora eres el resultado
de un sueño desechado,
de un tiempo pasado roto,
de un porvenir desgarrado.

Niña de ojos verdes como la esperanza,
ya no me amas como ya no amas tu nostalgia.

Yo estoy aquí,
pensando en tus destellos mientras
espero que ese otro cuerpo desnudo despierte
para pedirle que se vaya.
Pues es mejor estar solo
cuando la muerte del amor
es la prueba irrefutable
de la utopía de su existencia.