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La Coctelera

Categoría: Una Sombra en la Habitación

7 Septiembre 2009

II

La mujer que cruzó por la puerta sorprendió a Mourice, no solo por la simplicidad de su atuendo o su poca estatura, sino también por la belleza de su rostro latino. En medio de su piel morena brillaban dos profundos ojos negros, que penetraban hasta en los más ocultos rincones del corazón de a quien franqueasen. Su nombre era Mercy, y tenía el firme carácter de los de su tierra; que se reflejaba en su voz y en la altanería mezclada con dulzura de sus modos. Había nacido más de medio siglo atrás en las lejanas tierras de Colombia. De pequeña aprendió la magia y la leyenda que crecen como cañas y flores a lo largo de los valles del río Magdalena. Siguió cultivando el arte de la hechicería cuando emigró con sus padres a la elevada meseta bogotana. Para muchos años después, escapar de la ruina en la que se sumía su nación a causa de la violencia, a la tranquila España, en donde residía su hijo mayor, que había alcanzado la prosperidad y la paz gracias a sus muchos esfuerzos de madre.

Una amiga común había puesto a Mourice y a Mercy en contacto. Después de consultar a infinidad de charlatanes y fascinadores que hacían desaparecer con más celeridad el dinero que el mal que padecía la pequeña Lisa, decidió dar paso a aquella mujer que se ofreció a ayudarles sin pedir nada a cambio. Mourice que jamás había visto a la colombiana sintió de inmediato una gran simpatía por ella.

Lisa se encontraba en su habitación, de donde salía solo para ir al baño. No notó la presencia de las dos mujeres que la observaban desde la puerta. La niña no estaba trastornada, era un terror invisible que habitaba en algún rincón intentando poseer su mente y se reflejaba en su mirada cristalina siempre enfocada en la nada. Hacía ya más de dos meses que se negaba a ir a clase sin que mediase explicación alguna y se sumía en intensos silencios que desaparecían con fiereza en medio de chillidos espantosos cargados de miedo. Hablaba lo indispensable, pero a su vez se negaba a estar sola y a buscar el descanso en medio de la oscuridad de la noche, por lo cual siempre conservaba la luz de la lámpara de su mesa de noche.

Mercy percibió un frío glacial al entrar en la habitación. Un frío imposible en la avanzada primavera malagueña. De repente Lisa vio a las dos mujeres de pie bajo el marco de la puerta, la mirada cargada de ira y pánico. -¡Quiero que la india se valla!- gritó colérica. Su madre se echó a llorar mientras Miguel aparecía de súbito al escuchar el chillido de su hija. Con su impecable acento madrileño gritó al vacío, ordenándole a la infeliz presencia que destruía la mente de su pequeña que se marchara. Mercy, que había conservado la calma, posó su mano sobre el hombro del angustiado padre, que sostenía a su vez a la sollozante Mourice, la cual se veía incapaz de controlar su llanto. -¡Márchense!- dijo dulcemente la colombiana observando al pobre hombre con infinita ternura. Los padres abandonaron la habitación. Mercy cerró la puerta detrás de ellos y todo fue silencio.

A principios del siglo XIX las tropas francesas invadieron España por orden de Napoleón. Muchos soldados invasores quedaron prendados por la belleza de las mujeres andaluzas, resultado de la mezcla de tres estéticas milenarias e irresistibles; extrañas para aquellos guerreros acostumbrados a la belleza mas fría de las galas. Esto dio paso a infinidad de atropellos por parte de las huestes napoleónicas que llegaron a limites tan cruentos como la violación o incluso el asesinato de sus rivales para lograr saciar sus voraz apetitos carnales. Varias mujeres andaluzas, a causa de esa misma herencia milenaria, eran doctas en las artes mágicas, algunas siniestras, prohibidas y perseguidas durante siglos por la maquinaria eficaz de la inquisición. Conocían un sinnúmero de rituales macabros y hechizos tenebrosos que no dudaron en emplear planeando la venganza que algún día habría de cumplirse compensando sus agravios incluso más allá de la muerte. Esos espíritus corruptos y cargados de ira permanecen inamovibles, vagando entre las poblaciones de las coloridas tierras del sur español, esperando la ocasión para ser libres de nuevo y volver a la vida para llevar a cabo sus oscuros propósitos.

Pasaron unos minutos que dieron paso a gritos espantosos de dolor y agonía, y a sortilegios impronunciables en lenguas perdidas de la antigua América, seguidos de más lamentos desgarradores y terribles cargados de amenazas mortales e improperios peyorativos impensables en una niña de trece años.

Un poco después de la media noche las blasfemias cesaron. Mourice y Miguel se acercaron a la puerta de la habitación de su hija con el corazón en la mano. La puerta se abrió y ante ellos apareció una Mercy pálida, con los ojos hundidos, pero con una sonrisa de optimismo que iluminó los corazones de los dos padres. Les anunció que todo había terminado. Observaron a la infanta que dormía con placidez. Después de unos minutos de eterno agradecimiento despidieron a la colombiana y se dirigieron con sigilo a la habitación de su hija. Ella estaba sentada como esperándolos, extenuada y blanca como el mármol, pero con una gran sonrisa. Ellos la observaron sin saber que decir. La niña tenía un extraño brillo en los ojos. Guardaron un silencio que finalmente rompió la pequeña. -Estoy bien- dijo en el idioma de cada uno de ellos, prueba inequívoca de un bilingüismo nato. Ellos sonrieron sin darse cuenta que aquella ya no era Lisa.

FIN.

13 Enero 2009

Un grito desgarrador surcó perturbando las tinieblas de la noche. Mourice despertó sobresaltada al escucharlo; con el robusto pellejo lívido por el lamento nocturno de aquel pequeño ser que ocupaba todos sus pensamientos apesadumbrados.

Se levantó de la cama y con rapidez cruzó el pasillo que separaba su dormitorio del de la pequeña Lisa. La encontró sentada en el lecho, el dulce rostro pálido a la luz de la lámpara que la niña mantenía encendida toda la noche gracias a un súbito temor a la oscuridad que adquirió de repente, poco tiempo antes de empezar a faltar a la escuela.

Mourice se sentó junto a su hija ahogando el llanto de madre que sentía germinar en su garganta, -¿estás bien?- preguntó en su perfecto dialecto escocés; la niña hizo un gesto con la cabeza para indicarle que sí, luego se reclinó y se envolvió en las mantas. Su apresurada respiración fue reduciéndose a un pequeño silbido relajado y rítmico. Mourice acariciaba sus largos y sedosos cabellos castaños pensando -¿qué había ocurrido?-. Una lágrima se derramó de sus verdes ojos enrojecidos por la rabia de ver a su antes alegre hija, convertirse en la taciturna personita que había dejado de reír para sumergirse en vacíos incomprensibles de pensamiento. Su marido la observaba desde la puerta de la habitación, ella lo vio, con languidez se levantó del lecho y fue hacia él. Se fundieron en un dulce abrazo de apoyo mutuo.

La memoria de Mourice retrocedió hasta aquel día en que, perturbados por los gritos nocturnos de terror, ella y su esposo Miguel aparecieron de repente en las aulas de la escuela privada de Santa María de los Ángeles, en la ciudad portuaria de Málaga, en el extremo sur de la península ibérica. Su hija Lisa, de tan solo trece años de edad, había dejado de asistir a clase de improviso y sin ningún motivo. Sus padres pensaron que aquel se encontraba sin duda, en algún rincón de aquellas aulas. Mourice recordó con desagrado el rostro moreno del director que le hablaba con la alegre pero incorrecta labia de los arrabales malagueños, que delataba su origen humilde; y las palabras de negligencia que le presentó mientras su marido montaba en cólera ante aquella impertinencia sumada al despecho de la impotencia. Abandonaron la oficina, furiosos, para encontrarse justo en la puerta con la delicada figura de Fátima, una condiscípula de Lisa que los observaba con ansiedad detrás de sus enormes ojos negros. -¿Cómo está Lisa?- preguntó a la desconcertada pareja. Mourice no pudo soportar más y sujetando a la adolescente de los brazos le suplicó ayuda interrogándola. La pequeña, asustada, se quedó inmóvil mientras Miguel intentaba calmar a su mujer. Al final logró arrastrarla a casa disculpándose una y otra vez con Fátima.

Mourice divagaba en aquel triste recuerdo cuando su marido le suplicó que volviese con él a la cama. Dieron una última mirada a la niña que dormía intranquila y volvieron a su habitación.

En la tarde siguiente, Mourice volvía de su trabajo en la cercana población de Torremolinos, en una importante industria hotelera; cuando recibió una llamada en su teléfono móvil. Sorprendida dio media vuelta en el Paseo del Parque, subió hasta el monumento moro de la Alcazaba y dejando el vehículo en el primer espacio que encontró, continuó a pie hasta la calle Cister. A la altura de los jardines circundantes de la catedral encontró a Fátima de pie junto a uno de los innumerables naranjos. Vestía el uniforme de la escuela y jugaba nerviosa con un encendedor de plástico, el cual guardó con premura al ver la mediana silueta de Mourice. La angustiada madre la observó suplicante, -¡cuéntamelo todo!- dijo al fin plantándose frente a la niña. Fátima entonces estalló en un llanto largamente contenido y comenzó a contar la historia que celosamente había guardado. Mourice recordó entonces su propia infancia en Glasgow, cuando ella, una inocente, rubia y crédula jovencita, encendió su primer cigarrillo por temor a parecer menos valiente que las demás. Y víctima de la atropellada curiosidad infantil, jugó aquel misterioso juego de invocaciones, en el que se sentaron ella y sus amigas alrededor de una tabla cargada de caracteres extraños, invitando a alguna ánima vagabunda a presentarse ante ellas. Al final resultó siendo un fraude; a la larga más divertido que peligroso. Al principio le asaltó una cierta incredulidad ante las palabras de Fátima, pero al final no le quedó ningún atisbo de duda cuando en su memoria se plantó la imagen de Lisa, días atrás, gritando al vacío, cubriéndose la mirada. Fátima hablaba de espectros de muerte y sangre y violencia; como testigo de un relato de otra época. Un tiempo de desorden y confusión. Mourice escuchaba atenta como la tragedia, inexorable, avanzaba sobre su casa.

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