Cuento Epístolar. Primera parte.
Cuento Epistolar
Por Carlos Andrés Campuzano Cárdenas
“Todo amor es fantasía;
Él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más,
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás”
Antonio Machado.
Amada, amadísima mía,
La otra noche, mientras intentaba conciliar el sueño. Un aterrador silencio invadió con impunidad mi morada. Me retorcía entre mis sábanas tratando de alejar los aterradores pensamientos que me mantenían despierto. De repente un frío sepulcral recorrió toda mi humanidad y el sonido lejano de pasos livianos sobre la fría roca de la calle estremeció la poca claridad mental que aun conservaba. Mantuve silencio mientras aquel andar se aproximaba. En unos pocos minutos estaban en mi casa. ¿Cómo cruzaron la puerta?, es un misterio para mí. Sentía miedo, pues pensé que la muerte por fin me había encontrado y que llegaba mi hora. Los pasos se detuvieron. Asomé la mirada por entre la barandilla con temor y abajo se encontraba la delgada silueta de una mujer. Llevaba una capa con capucha de algún color que en la oscuridad no logré distinguir y que la cubría por completo. Aunque debajo de ella se percibía a intervalos el destello de un traje de color blanco inmaculado. Es la muerte, pensé ipso facto. Ella me llamó por mi nombre, aunque aquella voz no provenía de ella misma sino de alguna parte en el interior de mi cabeza. No respondí, pues no quería responder a su llamado, aunque su tono me pareció cálido y familiar. “No tengas miedo” dijo a continuación y de repente no tuve miedo. Asomé mi cabeza de nuevo y con un gesto me invitó a descender las escaleras. Me levanté de mi lecho tiritando de frío, pues la helada había entrado junto a ella. Bajé al salón y la pude ver. Era una mujer joven, de belleza modesta. Sus ojos eran verdes, al igual que los tuyos, con las pestañas largas y el cabello rizado que escapaba por debajo de la capa que le cubría la cabeza como un sutil manantial entre dorado y cobrizo. Su nariz era recta y sus labios enmarcaban una pequeña boca demasiado sensual. Su piel era blanca, demasiado blanca.
-¿Qué haces aquí?- dije al saber de quien se trataba.
-Tú has deseado verme con todo tu corazón- dijiste. –He venido porque me lo has pedido.
-¡Pero si yo no quiero verte!- exclamé.
-Sabes muy bien que en el fondo de tu alma esa afirmación es mentira. Estoy aquí porque tú me has llamado.
En ese momento quise abrazarte, pero un súbito temor me lo impidió. En lugar de eso, fui a la cocina y con la mayor diligencia, pues temía que al volver ya no estuvieses allí, tomé una botella de vino y dos vasos. El brillo del plenilunio entraba como un caudal de plata por las ventanas, así que no encendí las luces. No quería que aquella mágica atmósfera desapareciese. Destapé la botella y serví el líquido violeta. Nos sentamos mientras te descubrías la cabeza, estabas radiante, pero había algo en ti que no lograba reconocer.
-Dime, ¿qué quieres de mí?- pregunté fascinado.
-Esa es la misma pregunta que yo te hago a ti, lindo- dijiste después de dar un delicado sorbo de vino.
-Creo que me gustaría charlar contigo como hacíamos antaño, cuando a pesar de todo éramos uno, y no este vacío de vida sin vida, de muerte y frío. De soledad y desolación.
-Ya no hay de que hablar- tu rostro reflejo el dolor de una vieja herida que de repente empezaba a sangrar. –Ya todo está dicho.
-Me siento solo.
-Siempre hemos estado solos.
-No siempre. Una vez caminábamos por Madrid, el día fue largo, como suelen serlo en medio del verano, y llegamos a un parque enorme, estaba cerca del Palacio Real y la Almudena, a escasa distancia también del puente de Segovia. Yo estaba muy cansado y me recosté en tus piernas. Tu mano se posó entonces sobre mi cabeza y por primera vez en mi vida sentí como el amor recorría mi cuerpo entero. Tus dedos atravesaban mi cabello y lo recorrían. Percibía el delicado tacto de tu piel sobre mi rostro. Había tanta paz en mi corazón que en ese instante me quedé dormido. Tú no te moviste durante todo mi sueño, aunque oscurecía y debíamos marcharnos. En ese momento fui feliz.- El fragor del recuerdo brillo en tus ojos, pero enseguida desapareció y me miraste con ternura.
-Deja de vivir en el pasado- dijiste al cabo de unos segundos. –Eso ya fue, al igual que todo lo que fuimos tú y yo-. Tenías razón....

Diego Chaustre dijo
Es bueno ver escrito, lo que en el pasado ha quedado, los nervios de no saber en donde se está y menos para donde se va, lo bueno es que el camino siempre lo da el corazon y la cabeza lo dirige.
23 Febrero 2007 | 05:12 PM