Un grito desgarrador surcó perturbando las tinieblas de la noche. Mourice despertó sobresaltada al escucharlo; con el robusto pellejo lívido por el lamento nocturno de aquel pequeño ser que ocupaba todos sus pensamientos apesadumbrados.
Se levantó de la cama y con rapidez cruzó el pasillo que separaba su dormitorio del de la pequeña Lisa. La encontró sentada en el lecho, el dulce rostro pálido a la luz de la lámpara que la niña mantenía encendida toda la noche gracias a un súbito temor a la oscuridad que adquirió de repente, poco tiempo antes de empezar a faltar a la escuela.
Mourice se sentó junto a su hija ahogando el llanto de madre que sentía germinar en su garganta, -¿estás bien?- preguntó en su perfecto dialecto escocés; la niña hizo un gesto con la cabeza para indicarle que sí, luego se reclinó y se envolvió en las mantas. Su apresurada respiración fue reduciéndose a un pequeño silbido relajado y rítmico. Mourice acariciaba sus largos y sedosos cabellos castaños pensando -¿qué había ocurrido?-. Una lágrima se derramó de sus verdes ojos enrojecidos por la rabia de ver a su antes alegre hija, convertirse en la taciturna personita que había dejado de reír para sumergirse en vacíos incomprensibles de pensamiento. Su marido la observaba desde la puerta de la habitación, ella lo vio, con languidez se levantó del lecho y fue hacia él. Se fundieron en un dulce abrazo de apoyo mutuo.
La memoria de Mourice retrocedió hasta aquel día en que, perturbados por los gritos nocturnos de terror, ella y su esposo Miguel aparecieron de repente en las aulas de la escuela privada de Santa María de los Ángeles, en la ciudad portuaria de Málaga, en el extremo sur de la península ibérica. Su hija Lisa, de tan solo trece años de edad, había dejado de asistir a clase de improviso y sin ningún motivo. Sus padres pensaron que aquel se encontraba sin duda, en algún rincón de aquellas aulas. Mourice recordó con desagrado el rostro moreno del director que le hablaba con la alegre pero incorrecta labia de los arrabales malagueños, que delataba su origen humilde; y las palabras de negligencia que le presentó mientras su marido montaba en cólera ante aquella impertinencia sumada al despecho de la impotencia. Abandonaron la oficina, furiosos, para encontrarse justo en la puerta con la delicada figura de Fátima, una condiscípula de Lisa que los observaba con ansiedad detrás de sus enormes ojos negros. -¿Cómo está Lisa?- preguntó a la desconcertada pareja. Mourice no pudo soportar más y sujetando a la adolescente de los brazos le suplicó ayuda interrogándola. La pequeña, asustada, se quedó inmóvil mientras Miguel intentaba calmar a su mujer. Al final logró arrastrarla a casa disculpándose una y otra vez con Fátima.
Mourice divagaba en aquel triste recuerdo cuando su marido le suplicó que volviese con él a la cama. Dieron una última mirada a la niña que dormía intranquila y volvieron a su habitación.
En la tarde siguiente, Mourice volvía de su trabajo en la cercana población de Torremolinos, en una importante industria hotelera; cuando recibió una llamada en su teléfono móvil. Sorprendida dio media vuelta en el Paseo del Parque, subió hasta el monumento moro de la Alcazaba y dejando el vehículo en el primer espacio que encontró, continuó a pie hasta la calle Cister. A la altura de los jardines circundantes de la catedral encontró a Fátima de pie junto a uno de los innumerables naranjos. Vestía el uniforme de la escuela y jugaba nerviosa con un encendedor de plástico, el cual guardó con premura al ver la mediana silueta de Mourice. La angustiada madre la observó suplicante, -¡cuéntamelo todo!- dijo al fin plantándose frente a la niña. Fátima entonces estalló en un llanto largamente contenido y comenzó a contar la historia que celosamente había guardado. Mourice recordó entonces su propia infancia en Glasgow, cuando ella, una inocente, rubia y crédula jovencita, encendió su primer cigarrillo por temor a parecer menos valiente que las demás. Y víctima de la atropellada curiosidad infantil, jugó aquel misterioso juego de invocaciones, en el que se sentaron ella y sus amigas alrededor de una tabla cargada de caracteres extraños, invitando a alguna ánima vagabunda a presentarse ante ellas. Al final resultó siendo un fraude; a la larga más divertido que peligroso. Al principio le asaltó una cierta incredulidad ante las palabras de Fátima, pero al final no le quedó ningún atisbo de duda cuando en su memoria se plantó la imagen de Lisa, días atrás, gritando al vacío, cubriéndose la mirada. Fátima hablaba de espectros de muerte y sangre y violencia; como testigo de un relato de otra época. Un tiempo de desorden y confusión. Mourice escuchaba atenta como la tragedia, inexorable, avanzaba sobre su casa.

agustina
14 ene 2009 | 08:01 PM
Carlos! que hermosa sorpresa. Guardé tu link para cuando tuviera un ratito de tiempo y acá estoy, encantada con tus escritos! felicitaciones por esa habilidad tuya de cubrir espacios en blancos con palabras tan bonitas y con tanto sentido. Te mando un beso grande.
laespe
26 ene 2009 | 04:44 PM
Hola, caballero-no-malagueño ... :P ;)
Pues me parece de lo más revelador que sigas transmitiendo a lo largo de esas líneas. Toda una forma de viajar por las emociones.
Ivan Lowbrow
22 jun 2009 | 05:45 PM
buena compadre. no habia tenido un minuto para leerelo pero lo hice hace un par de dias y ahora le comento , me gusta, me envolvio y quiero saber el resto, esta bien narrado con las descripciones justas, quiero leer el resto. un saludo.